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viernes, 30 de noviembre de 2007

El cambio de episteme: más sobre la arqueología de Foucault


Prometí hace meses que seguiría leyendo a Foucault, y que volvería aquí para contarlo. Soy obediente, de modo que, con paciencia, royendo minutos al sueño, lo voy cumpliendo.

Las palabras y las cosas es una de esas obras que empiezas a comprender cuando te acercas hacia el final. Entonces relees ávidamente y con sensación de culpa a un tiempo. Foucault tensa los hilos del análisis de la cultura occidental; rompe, ya tersa, la superficie; accede entonces a sus profundidades cavernosas y las perfila con cincel potente, dejando a la vista una figura de construcción inquietante, pero perfectamente nítida, cuyas líneas pueden ser recorridas con lógica de detective inglés, como quien sigue los vericuetos de un laberinto fotografiado desde un ángulo cenital.

Llegado un punto, te atreves a definir la realidad como imaginación y la verdad como invención. Lo cual me remite a las preguntas de JSS y de Salve!

Paseando por la página 300, me veo obligado a hojear hacia atrás hasta la página 205:


En cuanto a la mutación que se produjo hacia fines del siglo XVIII en toda la episteme occidental, es posible caracterizarla desde ahora de lejos diciendo que se constituyó un momento científicamente fuerte allí donde la episteme clásica conocía un tiempo metafísicamente fuerte; y que, a la inversa, se recorta un espacio filosófico donde el clasicismo había establecido cerraduras epistemológicas solidísimas. En efecto, el análisis de la producción, en cuanto proyecto nuevo de la nueva "economía política", tiene como papel esencial el analizar la relación entre el valor y los precios; los conceptos de organismos y de organización, los métodos de la anatomía comparada, en breve, todos los temas de la "biología" naciente explican cómo estructuras observables en los individuos pueden valer a título de caracteres generales para los géneros, las familias, las ramificaciones; por último, para unificar las disposiciones formales de un lenguaje (su capacidad para constituir proposiciones) y el sentido que pertenece a sus palabras, la "la filología" estudiará no ya las funciones representativas del discurso, sino un conjunto de constantes morfológicas sometidas a una historia. Filología, biología y economía política se constituyen no en el lugar de la gramática general, de la historia natural y del análisis de las riquezas, sino allí donde estos saberes no existían, sino en el espacio que dejaban en blanco, en la profundidad del surco que separaba los grandes segmentos teóricos y que completaba el rumor del continuo ontológico. El objeto del saber del siglo XVII se forma justo allí donde se acalla la plenitud clásica del ser.
A la inversa, un nuevo espacio filosófico se abre allí donde se hunden los objetos del saber clásico. El momento de la atribución (como forma de juicio) y el de la articulación (como recorte general de los seres) se separan y dan nacimiento al problema de las relaciones entre una apofántica y una ontología formales; el momento de la designación primitiva y el de la derivación a través del tiempo se separan y abren un espacio en el que se plantea la cuestión de las relaciones entre el sentido originario y la historia. Así, se encuentran puestas en su lugar las dos grandes formas de la reflexión filosófica moderna. La una se interroga por las relaciones entre la lógica y la ontología; procede siguiendo los caminos de la formalización y reencuentra bajo un nuevo aspecto el problema de la mathesis. La otra se pregunta por las relaciones entre la significación y el tiempo; emprende un desarrollo que sin duda no se acaba ni se acabará nunca y vuelve a sacar a luz los temas y los métodos de la interpretación. Sin duda alguna, la cuestión más fundamental que puede entonces plantearse a la filosofía concierne a la relación entre estas dos formas de reflexión. En verdad, no corresponde a la arqueología el decir si esta relación es posible ni cómo puede fundarse; pero puede dibujar la región en la que busca anudarse, en qué lugar de la episteme trata de encontrar su unidad la filosofía moderna, en qué punto del saber descubre su dominio más amplio: este lugar es aquel en el que lo formal (de la apofántica y de la ontología) se reunirían con lo significativo tal como se aclara en la interpretación. El problema esencial del pensamiento clásico se aloja en las relaciones entre el nombre y el orden: descubrir una nomenclatura que fuese una taxinomia o aun instaurar un sistema de signos que fuese transparente para la continuidad del ser. Lo que el pensamiento moderno va a poner fundamentalmente en duda es la relación del sentido con la forma de la verdad y la forma del ser: en el cielo de nuestra reflexión reina un discurso -discurso quizá inaccesible- que sería de un solo golpe una ontología y una semántica. El estructuralismo no es un método nuevo; es la conciencia despierta e inquieta del saber moderno.

Los cambios de paradigma -leo a través del autor- poco tienen que ver con progreso, perfeccionamiento o avance, sino que constituyen discontinuidades que a la vez formulan interrogantes. Ante mis propios ojos el análisis de Foucault descompone el rompecabezas del mundo (la verdad, la realidad...) y lo recompone poniendo otra vez todas las piezas, pero en otros lugares y con otra lógica. Las piezas casan. Son tal vez mis ojos los que han cambiado. De algún modo, ahora que la modernidad se está acabando y que empezamos a no entender ese estructuralismo con el que se cierra el párrafo, tal vez sea el momento de intentar explicárnoslo.

Volveré a ello, pues prometo continuación (una o tal vez dos), aun a riesgo de perder algunos de mis lectores menos frikisóficos, que deben de ser legión, por otra parte.

viernes, 12 de octubre de 2007

La épica de la lengua (please for tobacco it warns the waiter)

Las lenguas tienen indudablemente su épica y alguien debería cantarla con voz de juglar o de payador. Esa épica se confunde con la misma historia -una historia cotidiana, una intrahistoria primordial- de la gente que la usa y la moldea. En estos días en que se discute acaloradamente y con no poca mala sangre si pertenece o no la lengua española también a la cultura catalana, que es invitada de honor en la feria del libro de Frankfurt, conviene recordar que no son personas prominentes ni instituciones excelsas quienes tienen derechos sobre las lenguas, sino sólo sus hablantes, a los que en su mayoría poco les importan estas discusiones espúreas. Ellos emplean las lenguas (sí, normalmente más de una) para explicarse el mundo y construirse su espacio vital. Me di cuenta hace poco, visitando a mi hermano en una pequeña población de Almería, donde el turismo ha llegado... con mesura. Vecina a su casa hay una tienda que, frente al comercio especializado y la proliferación del "todo a cien" de otras latitudes, tuvo que definir su negocio conforme a las necesidades de su clientela más cercana: ese local de pocos metros cuadrados en el que hay de todo, absolutamente de todo, entendiendo ese "todo" como aquello que una familia puede necesitar en la vida diaria: de la sartén a las zapatillas, de la aceitera al juguete para el niño, del helado de palo a la barrita de pan candeal. Y todo de última generación, tal como la dueña y asesora comercial proclama: "esto es lo que se lleva ahora". Atención a la concepción técnico-comercial: el local se define, según rezan el cartel y la inscripción del toldo, como "Novedades Patri" con la especialización en "Multiprecio". Que aprenda el marketing de la Segunda Modernidad".

Pues sí, la gente habla y escribe. Lo hace para comunicarse, para decir y contar, para avisar o conminar, para informar o entretener. Y se vale de su lengua o de las que necesite para que la parroquia se percate, sin mayores remilgos sobre si esta preposición o esta conjunción es mía, tuya o de aquél. En un bar y restaurante del puerto de Calpe había que explicar al personal (y éste es muy variopinto) cómo obtener tabaco de la máquina. Pues bien palabra aquí palabra allá, a saber si obtenidas del diccionario o de un traductor en línea -que para el progreso nunca es tarde- ahí estaban, como caballeros de novela entre la floresta del papel blanco, las cuatro sentencias admonitorias en cuatro lenguas indoeuropeas: "Para tabaco avise al camarero por favor. Please for tobacco it warns the waiter. S'il vous plaît pour tabac avertissez le garçon de cafe. Bitte für tabak warnen den Kellner". Así de sencilla es la cosa, que para cada problema hay siempre una solución. De hecho me pareció admirable cómo otros restaurantes que se extendían por el muelle habían solucionado el peliagudo asunto de la carta. ¿Usted es capaz de explicar en un lenguaje razonable lo que es una parrillada de marisco? ¿Se atreve alguien a traducir con garantías de éxito comunicativo conceptos como quisquilla, camarón, nécora o centollo al alemán, al inglés o al checo, pongamos por caso? ¿No? Pues mira, te empaqueto el menú en carne y caparazón, le doy una manita de barniz para que no se note tan rápidamente el paso del tiempo (que todo lo echa a perder) y lo expongo a toda luz y con orgullo a mostrador abierto . No son las palabras: son las cosas.

La épica de la lengua transforma su uso cotidiano en poesía y el mestizaje de los idiomas en redescubrimiento. Nos tuvimos que quitar el cráneo sencillamente -hablo en plural porque fue mi mujer quien me puso sobre la pista- ante el cartel luminoso de un restaurante del viejo Alicante. La hibridación es suculenta: se llama "El panal de las abejas" (más internacionalidad no cabe, pues abejas tendrá que haber en todas partes, supone uno) y se describe a sí mismo como restaurante típico mejicano y español (lo cual no es poco tipismo). Por si quedan dudas respecto a la localización geográfica del arte culinaria (y de paso quizá acerca del origen de la familia) se subraya la cosa con un "mediterranean cussine". ¿Falta algo? Por supuesto, la denominación lateral "California", a cuya hermenéutica aún no me he entregado. Ahí están las abejitas, haciendo gala ya de pala y regadera, ya de sombrero y copazo o de trapo rojo y montera, afirmando su carácter y tiñéndolo de nación y de costumbrismo.

Me van a decir que peco de contracultural y antipurista. Pero no, no se piense. Yo creo en la corrección, en la elegancia y en el canon, qué duda cabe. Pero no confundamos, porque tampoco la función reguladora pertenece a ninguna figura señera ni empolvada academia. Ahí está el ciudadano de a pie, el esforzado miembro anónimo de la comunidad, que es el que se puede pegar el lujo de plantear y dirigir la discusión sobre cuanta cuestión lingüística sea preciso dirimir. Así lo comprendí en otro pueblo pesquero de Almería, en el que por cierto tuve por primera vez el placer de degustar un Pez de San Pedro (curioso bichejo que tuvo la desfachatez de querer engullir una moneda que se le había caído al primer Papa en las aguas del mar de Galilea. El santó lo sujetó con los dedos por el dorso para evitar el dolo y ahí lo dejó, marcadito para siempre). Fue el caso que un viandante, bolígrafo en ristre, se había tomado la molestia de amonestar con dulzura a otro vecino, propietario él y poco amigo de los diptongos. El uno había escrito "Se alquila piso totalmente amoblado". Y el otro, protector del idioma (dejemos ahora de lado su desapego al acento), haciendo gala de delicadeza inigualable, lejos de tacharle el error, se lo había puesto entre comillas, apostillando con gracia: "tú si que estas amoblado".









A mí me parece muy bien que los escritores edifiquen la cultura con la lengua. Los demás somos los currantes, los paletas del idioma. Ponemos ladrillos y los unimos con argamasa. Y si quedan huecos, pues hay que dar salivilla de cuco, que pega mucho. Bonito no será, pero aguanta cantidá. El marxista ortodoxo diría: la lengua para el que la trabaja.

Y esa es la épica cotidiana, desde luego.

viernes, 6 de julio de 2007

Idiomas y cultura

Leo a paso de tortuga (lo cual me sienta bien, quizás, y el dueño del libro, Mon, parece sobrellevarlo con estoicismo) Las palabras y las cosas de M. Foucault. Algún día, cuando lo termine... cuando lo entienda, haré un comentario sobre él; pero hoy tengo necesidad de dejar esta cita, que me salta a los ojos en la página 92 (edición de Siglo XXI), mientras el autor hace arqueología de la época clásica y se dispone a hablar de la gramática general.

"Los idiomas, saber imperfecto, son la memoria fiel de su perfeccionamiento. Inducen a error, pero registran lo que se ha aprendido. En su desordenado orden, hacen surgir ideas falsas; pero las ideas verdaderas depositan en ellos la marca imborrable de un orden que el solo azar no habría podido disponer. Lo que nos dejan las civilizaciones y los pueblos como monumento de su pensamiento, no son los textos, sino más bien los vocabularios y las sintaxis, los sonidos de sus idiomas más que las palabras pronunciadas, menos sus discursos que lo que los hizo posibles: la discursividad de su lenguaje".